domingo, 20 de abril de 2008

Con ojos prestados


Preparo delicias culinarias, sólidas y líquidas, de sabor tentador, que atraen tanto a niños como a adultos.
Cada mañana,cuando llego a mi puesto, los clientes se colocan frente a mi mostrador, mientras yo voy preparando rápidamente mis especialidades, sin que ningún cliente se queje porque me demore.
El olor empieza a invadir la calle, una mezcla entre dulce cacao y aceite virgen friéndose, que hace que la gente se pare a mirar para ver qué preparo, y caigan en la tentación de llevarse un cartuchito.
Ya conozco a mis clientes habituales, y antes de que me lo pidan, ya les tengo preparado su desayuno matinal, que saborean en mi puesto, mientras charlan de sus cosas del día.
Siempre guardo las porras para Dn. Antonio, mi cliente más anciano, que me dice que le traen recuerdos de su niñez.
Al mediodía, hago un descanso y veo qué misterio esconde la fiambrera que ha preparado para mi almuerzo mi madre, con todo su cariño.Me lo como todo, con el ansia de un pobre que recibe un plato de lentejas, y vuelvo a mi tenderete, donde tomo mi postre antes de empezar mi gran carrera para satisfacer a mis clientes.